martes, 12 de diciembre de 2017

Calle del Espíritu Santo



La calle del Espíritu Santo nace en la Corredera Alta de San Pablo y llega hasta la calle de San Bernardo.

Su historia es antigua. Recordemos que a mediados del siglo XV, reinando Enrique IV, el límite norte de Madrid estaba en la plaza de Santo Domingo. Mas allá de la Puerta del mismo nombre, una de las puertas de la Cerca del Arrabal, sólo había bosques y cursos de agua que regaban los fértiles terrenos. Y así fue hasta finales del siglo XVI, cuando Felipe II estableció la Corte en la Villa y la ciudad empezó a crecer. En el siglo XVII se produjo un gran aumento de población, y bajo el reinado de Felipe IV se construyó la nueva Cerca de Felipe IV. Las Puertas de la villa por el norte pasaron a ser, la Puerta de Fuencarral, próxima a la actual glorieta de San Bernardo; la Puerta de las Maravillas, al final de la calle de San Andrés; y la Puerta de los Pozos de la Nieve cerca de la actual glorieta de Bilbao. En los terrenos intramuros, entre los caminos que surgieron en dirección a Fuencarral se crearon una serie de calles, una de ellas fue la del Espíritu Santo.

En un principio se conoció como Calle de Buenavista, que empieza desde la Calle Baja de Fuencarral y acaba en la Cruz del Espíritu Santo. Y prosigue desde la Cruz del Espíritu Santo hasta la Carrera de San Pablo. Así se menciona en el manuscrito sobre la Visita General realizada a las casas de Madrid en 1625, que describe el Madrid de las primeras décadas del siglo XVII.

En el tramo que iba del antiguo Camino de Fuencarral –hoy San Bernardo– a la Cruz del Espíritu Santo el manuscrito describe escasas construcciones, una caballeriza y cochera, una casilla que da a Fuencarral, y dos casas, una de ellas debía ser importante pues tenía once puertas que daban a las calles de las Minas, Buenavista y Pozas.

El otro tramo, desde la Cruz hasta la Carrera, hoy Corredera de San Pablo, estaba mucho más poblado. El manuscrito describe diecinueve casas cuyos propietarios tenían los más variados oficios: una tabernera de corte, un zapatero, tres cocineros, una lavandera, un carretero, dos panaderos…

En el primer plano de Madrid, el Plano de Mancelli, de 1623, no aparece el nombre de la calle pero sí está indicada con el nº 27 la Cruz del Espíritu Santo, en la esquina con la calle de San Andrés. La manzana ya muestra la forma de la esquina en la que estaba la Cruz, que siglos después los vecinos llamaron La Rinconada.

Es en el Plano de Pedro Texeira, de 1656, cuando aparece denominada como calle del Espíritu Santo. Texeira tampoco dibujó la cruz.

La Cruz del Espíritu Santo era una de las varias cruces de índole religiosa que existían en aquella época en la Villa. Sin ir más lejos, había otra a escasos metros, en la propia Corredera, junto a la iglesia de San Ildefonso –entonces aneja a la parroquia de San Martín–, que sí dibujó Texeira.

Ha sido muy difundida la historia de que en tiempos de Felipe III “había allí unas casas habitadas por gente de mal vivir, cayó un rayo el tercer día de Pascua de Pentecostés, y produjo un incendio que destruyó unas tiendecillas de moriscos que en ella había. En memoria de este suceso se levantó en tal paraje una cruz de piedra con una paloma en medio, llamándose la Cruz del Espíritu Santo de donde le vino el nombre a la calle…”

Fue Pedro de Répide quien, a veces moviéndose entre la historia y le leyenda, escribió todo esto en uno de sus artículos –recopilados en su famoso libro Las Calles de Madrid– escritos en los años 20 del siglo pasado.

Contaba también Répide que la calle del Espíritu Santo está situada sobre antiguos terrenos del abad de Santo Domingo de Silos y del prior del Monasterio de San Martín. Lo cierto es que varias casas en el siglo XVIII eran propiedad de la Congregación del Espíritu Santo, San Martín y San Bartolomé, ubicada en la parroquia de San Martín, así consta en la Planimetría General. Aunque la verdad es que muchas casas entonces pertenecían en esta calle y en toda la villa a las órdenes religiosas.

En el siglo XVIII la calle recibía el nombre de calle de la Cruz del Espíritu Santo.

Finalmente Répide nos informó de que “la cruz fue quitada de ahí en 1820 por orden del corregidor Marquina, que quitó todas las cruces que había en las calles y plazas de la corte, excepto la de Puerta Cerrada”.

Desde 1835, por acuerdo municipal, es la calle del Espíritu Santo.

La Rinconada se encuentra en la plaza creada tras el derribo de las últimas casas de la manzana 473. La plaza, sin denominación oficial hasta 1969, siempre fue conocida por los vecinos como El Rastrillo, por el mercado que allí se instalaba, nombre que muchos esperamos recupere, y desaparezca el nombre actual que nada tiene que ver con la historia del barrio y de las personas que allí vivieron y viven.

El Ayuntamiento le adjudicó el nombre de plaza de Juan Pujol en noviembre de dicho año 1969, por cierto pocos meses después de que se quemara el entrañable Cine Dos de Mayo.

En las últimas décadas la calle del Espíritu Santo ha cambiado mucho aunque continúa siendo una calle comercial y de encuentro. Tal vez herencia de la vida que aquí existió hace cuatro siglos, cuando la habitaron madrileños que desempeñaron diversos oficios, recordemos, panaderos, cocineros, zapateros… Quizá herencia del cercano mercado de San Ildefonso, cuyos puestos callejeros desde el siglo XIX hasta 1970 en que fue derribado, llegaban desde la Corredera hasta aquí.

Aún en los años 80 y primeros 90 dominaban las carnicerías, pescaderías, fruterías, tabernas, la droguería de toda la vida, la tahona del Mico…

De todo aquello apenas continúa existiendo la farmacia, la papelería –reconvertida, ofrece servicios de imprenta– el estanco, una frutería –la de Andrea, ahora bautizada como El Rincón de Andrea– y la tradicional pollería Herrero. Y se ha recuperado en cierto modo la vieja churrería, que hace muchos años vendía los churros recién hechos ensartados en un junco, ahora moderna churrería-chocolatería.

La calle del Espíritu Santo desde hace unos años está adornada con árboles.

Árboles que seguro fueron algo impensable para los vecinos en las primeras décadas del siglo XX, incluso en los años 40 y 50, cuando en muchas de las viviendas ni siquiera disfrutaban de agua, solo una pila en cada piso y una fuente en el patio para todos, hasta que poco a poco, no hace tanto tiempo, cada uno pudo ir instalando su propio aseo, muy pequeño en algunos casos, y disponer de agua en su propia vivienda.